La apertura de las importaciones impulsada por el presidente Javier Milei está reconfigurando el consumo en la Argentina y generando un fuerte impacto cultural y económico. Tras décadas de restricciones comerciales, muchos argentinos perciben la llegada masiva de marcas y productos internacionales —desde ropa deportiva de bajo costo hasta cadenas globales— como un símbolo de integración tardía al mercado mundial. Para amplios sectores de la clase media, el acceso a bienes antes inalcanzables funciona como un “nuevo comienzo”, una señal de normalización tras años de aislamiento y precios elevados.

Desde que asumió, Milei avanzó en la eliminación de trabas aduaneras, redujo aranceles y flexibilizó los límites para compras en el exterior, lo que permitió el desembarco de plataformas como Shein y Temu, un mayor flujo de productos de Amazon y la apertura de la primera tienda insignia de Victoria’s Secret en Buenos Aires. Este giro liberal contrasta con el rumbo proteccionista de Estados Unidos bajo Donald Trump, principal aliado político del mandatario argentino. El cambio también alteró hábitos arraigados: antes, quienes viajaban al exterior regresaban con valijas cargadas; ahora, miles compran directamente por internet a precios considerablemente más bajos.

El fenómeno derivó en un boom del consumo importado. En octubre, las importaciones de bienes de consumo crecieron 62% interanual y, en los primeros diez meses del año, el ingreso de productos —incluidas compras por comercio electrónico— se disparó más de 200%. Nuevas marcas y aplicaciones se viralizan en redes sociales y chats, mientras eventos como aperturas de tiendas temporales o la llegada de cadenas internacionales convocan largas filas. Para analistas del consumo, la escena se asemeja a “abrir un Disneylandia”, donde la clase media, históricamente educada y con aspiraciones globales, accede de golpe a una oferta antes vedada.

El otro lado de la apertura es el impacto en la producción local. La competencia con productos importados —en especial los de origen chino— golpeó con fuerza a sectores como el textil. En el último año, la producción de la industria cayó cerca del 20%, las importaciones de indumentaria aumentaron 95% y se perdieron más de 12.000 empleos, según datos sectoriales. Empresarios advierten que no pueden competir con precios internacionales en un contexto de altos costos internos y un peso apreciado, que abarata lo importado pero encarece lo producido en el país.

El debate político y económico se intensificó. Desde la oposición, se reclama regular e imponer impuestos a las plataformas de comercio electrónico para proteger el empleo local, una estrategia que ya aplican países como Chile y México. Milei, en cambio, defiende la apertura y califica al proteccionismo como una estafa, convencido de que el mercado reasignará recursos hacia sectores más eficientes. Mientras tanto, el consumo crece, la oferta se diversifica y la Argentina transita una transformación profunda, celebrada por los consumidores y cuestionada por quienes advierten que, sin producción y trabajo, el boom puede tener límites.