La inflación mostró en el inicio del año una resistencia mayor a la esperada, impulsada por subas en tarifas, combustibles y alimentos —especialmente la carne—, junto con un fuerte componente inercial en servicios.
A esto se sumó un contexto internacional adverso, marcado por la guerra en Medio Oriente, que presionó sobre los precios del petróleo y generó aumentos en costos logísticos y productivos, dificultando una desaceleración más rápida del índice general.

En marzo, las consultoras registraron subas en torno al 2,7% y 3,3%, con mayor incidencia de precios regulados y alimentos. Este comportamiento dejó un arrastre para abril y llevó a los analistas a revisar al alza sus proyecciones: estimaciones que a comienzos de año rondaban el 20% ahora se ubican mayormente entre el 28% y el 33% anual. Los economistas señalan como factores clave los cambios en precios relativos, el impacto de combustibles y tarifas —con efectos de segunda ronda— y la persistencia de la inercia inflacionaria.
De cara a los próximos meses, algunas consultoras prevén una moderación gradual en el ritmo de suba, aunque con un piso inflacionario todavía elevado. La evolución del conflicto internacional será determinante, al igual que variables locales como la estabilidad cambiaria, el equilibrio fiscal y la dinámica de alimentos. En este escenario, si bien podría retomarse una tendencia descendente, las proyecciones coinciden en que la inflación anual se mantendrá por encima del 30% en la mayoría de los casos.
