Un fuerte sismo de magnitud 7,4 golpeó el oeste del territorio colombiano, provocando el colapso de más de 60 estructuras urbanas y dejando miles de heridos. El presidente Abelardo De La Espriella decretó el estado de emergencia mientras los servicios de rescate intensifican la búsqueda de sobrevivientes entre los escombros
La República de Colombia atraviesa una de las jornadas más desgarradoras de su historia reciente tras registrarse un devastador terremoto que, según las últimas actualizaciones de la Asociación Colombiana de Ciudades Capitales (Asocapitales), ya se cobró la vida de al menos 169 personas y dejó un saldo superior a los 900 heridos. El fenómeno telúrico, que alcanzó una magnitud de 7,4 en la escala de Richter, sacudió con violencia el occidente del país y reabrió el debate sobre la vulnerabilidad de las infraestructuras urbanas en América Latina.
El sismo tuvo lugar a las 07:34 de la mañana, fijando su epicentro en las cercanías de la localidad de San José del Palmar, dentro del departamento del Chocó, a una profundidad aproximada de 100 kilómetros. Pese a que la profundidad del foco sísmico mitigó lo que podría haber sido un escenario aún más mortífero, la onda expansiva se propagó con tremenda fuerza hacia los principales centros urbanos del Eje Cafetero y del suroeste colombiano.
Ante la gravedad del panorama, las autoridades declararon la alerta roja en cinco ciudades capitales altamente pobladas: Pereira, Cali, Quibdó, Manizales y Armenia. En estas localidades, las escenas de desolación se multiplicaron en cuestión de minutos, reportándose el derrumbe completo de al menos 61 edificios residenciales y comerciales, además de graves grietas en redes viales e infraestructura hospitalaria.
Las labores de los equipos de bomberos, la Cruz Roja y la Defensa Civil colombiana se concentran en la remoción de escombros en los sectores más golpeados. Las ciudades de Cali y Pereira registraron algunos de los episodios más críticos, incluyendo el colapso parcial de instalaciones asistenciales y estructuras habitacionales donde aún se presume la existencia de víctimas atrapadas. Por su parte, en grandes urbes como Bogotá y Medellín se vivieron momentos de pánico y evacuaciones masivas; aunque se detectaron rajaduras en edificaciones públicas y privadas, los relevamientos técnicos preliminares descartaron fallas estructurales severas en esas capitales.
La sacudida trascendió las fronteras colombianas y se llegó a percibir con claridad en naciones vecinas como Panamá y Ecuador. En ambos países se activaron protocolos preventivos de evacuación en torres de oficinas y dependencias gubernamentales, si bien no se notificaron víctimas fatales fuera del territorio colombiano.
Frente al colapso de los servicios básicos en las regiones damnificadas, el presidente colombiano Abelardo De La Espriella oficializó la declaración de desastre de carácter nacional y dispuso la inmediata convocatoria del Comité Nacional de Emergencias. La medida busca agilizar la asignación de partidas presupuestarias extraordinarias, desplegar unidades del Ejército en funciones de apoyo logístico e instrumentar restricciones de movilidad nocturna para resguardar la seguridad en los cascos urbanos afectados.
Para los lectores de nuestra provincia, eventos de esta magnitud resuenan con especial sensibilidad. Si bien el noroeste argentino y la provincia de Tucumán poseen una dinámica geológica diferente, la región se sitúa sobre un cordón de actividad sísmica moderada e histórica. Tragedias como la ocurrida en el país hermano reafirman la trascendencia de mantener actualizados los planes de contingencia municipal, reforzar los controles constructivos en zonas de desarrollo urbano y coordinar los canales de cooperación y solidaridad internacional con los pueblos hermanos de Sudamérica.
Mientras las réplicas continúan registrándose en el epicentro y los organismos internacionales evalúan el envío de ayuda humanitaria urgente, la búsqueda de sobrevivientes sigue siendo la prioridad absoluta en una carrera contra el tiempo
