Surgido en el corazón de barrio Ciudadela, el talentoso y temperamental mediocampista alzó la Copa Libertadores y la Intercontinental. Falleció a los 70 años.

El fútbol argentino y la memoria popular de Tucumán despiden a uno de sus mayores exponentes. A los 70 años falleció Carlos Horacio “el Loco” Salinas, símbolo de potrero auténtico, rebeldía y jerarquía técnica. Su partida enluta tanto a la provincia que lo vio nacer como a las páginas doradas del deporte internacional, donde grabó su nombre con fuego en la época dorada del Boca de Juan Carlos “Toto” Lorenzo.

Nacido el 20 de febrero de 1956 en la capital tucumana, Salinas creció en una familia trabajadora a escasas cuatro cuadras del estadio de San Martín. Esa estirpe de barrio Ciudadela moldeó un carácter frontal y una pegada distinguida. Tras un breve paso formativo por Gimnasia y Esgrima de Jujuy —donde brillaba su hermano Domingo—, una recordada actuación ante la “Selección Fantasma” en 1973 le abrió las puertas grandes del fútbol porteño.

Su primera escala en Buenos Aires fue River Plate, institución a la que arribó con apenas 17 años y donde integró el plantel que cortó la histórica racha de 18 años sin vueltas olímpicas en 1975. Sin embargo, su personalidad indomable y su confeso amor por Boca anticiparon su salida: tras un clásico, bajó a la confitería de Núñez con la camiseta xeneize que había cambiado con Marcelo Trobbiani.

Tras una etapa consagratoria en Chacarita Juniors —con 96 partidos y 19 goles—, el “Toto” Lorenzo pidió su incorporación a Boca Juniors a comienzos de 1978. En la Ribera alcanzó el cénit de su carrera en un lapso de dos temporadas brillantes. Salinas no solo aportó juego asociado y dinámica; convirtió en momentos cumbre. Marcó en el Monumental ante River en las semifinales de la Copa Libertadores de 1978 y anotó otro tanto en la final frente a Deportivo Cali para sellar el bicampeonato continental.

Meses antes, el 1° de agosto de 1978, rubricó la máxima hazaña de su vida deportiva: en Karlsruhe, Alemania Occidental, anotó el tercer gol tras una electrizante jugada individual en el 3-0 ante el Borussia Mönchengladbach, coronando a Boca como campeón del mundo por primera vez.

Ese gen competitivo convivió siempre con un temperamento volcánico. Padeció una severa sanción de 25 fechas por agredir al árbitro Abel Gnecco a finales del 78, pero su talento nunca estuvo en discusión. En 1981 recaló en Argentinos Juniors como parte del pase de Diego Maradona. Allí asumió la responsabilidad de patear el recordado penal contra San Lorenzo que decretó el histórico descenso del club de Boedo.

Su derrotero continuó por Independiente, el fútbol colombiano (Independiente Medellín y Deportivo Pereira), Estados Unidos, Alumni de Villa María y pasos finales por Racing de Córdoba y Deportivo Junín de Perú, hasta su retiro en 1987.

Los años posteriores al fútbol profesional estuvieron marcados por contratiempos económicos, de los cuales salió adelante gracias a la contención de la Mutual de exjugadores de Boca, viviendo sus últimas décadas en Caballito.

La partida de Salinas representa el adiós a una figura irrepetible: el pibe de La Ciudadela que desafió todas las adversidades para levantar la copa más codiciada del planeta.