Tras la captura del exdictador Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez asumió la jefatura interina de Venezuela y quedó al frente de un delicado proceso de reorganización institucional, bajo la atenta mirada de la comunidad internacional. Histórica dirigente del chavismo, su figura combina lealtad ideológica con una capacidad pragmática de diálogo, lo que la posiciona como un actor clave en una eventual transición.

Con fuerte ascendencia sobre la cúpula militar y amplio conocimiento de los resortes del Estado, Rodríguez enfrenta una disyuntiva central: resistir la presión internacional o buscar acuerdos con Estados Unidos para encauzar una salida ordenada a la crisis. Desde Washington, el presidente Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio dejaron abierta la posibilidad de cooperación, condicionada a que la nueva conducción tome “las decisiones adecuadas”.

Abogada de 56 años, con formación en Europa, Rodríguez fue ministra de Comunicación, canciller —la primera mujer en ocupar ese cargo—, vicepresidenta, responsable del SEBIN y ministra de Economía. En ese recorrido consolidó poder político y vínculos con sectores empresariales, aunque también fue sancionada por Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea por su rol en la represión.

El nuevo gobierno hereda un país con una economía devastada, una contracción del 80% desde 2013 y más de ocho millones de exiliados. La continuidad de Rodríguez dependerá de su capacidad para unificar al PSUV, sostener el respaldo militar y lograr algún grado de reconocimiento externo. Su liderazgo abre una etapa de incertidumbre, pero también de expectativa sobre posibles cambios en el rumbo venezolano.