El proceso de desinflación volvió a mostrar señales de estancamiento tras el 2,9% que marcó el Índice de Precios al Consumidor (IPC) en enero, el nivel más alto desde marzo del año pasado y el quinto mes consecutivo de aceleración.

Si bien la inflación interanual se ubica en 32,4%, los analistas coinciden en que el sendero descendente no se quebró, aunque sí enfrenta obstáculos. La presión de los precios estacionales —con fuertes subas en verduras, turismo y carnes— y los ajustes en tarifas reguladas explican buena parte de la resistencia del índice a perforar el piso del 2% mensual, aun en un contexto de estabilidad cambiaria bajo la gestión de Javier Milei.

Consultoras como Invecq y LCG advierten que los procesos de desinflación no son lineales y que la inercia inflacionaria, sumada a nuevas rondas de aumentos en servicios, seguirá condicionando el corto plazo. No obstante, factores como la actividad económica estancada, salarios reales deprimidos y una política monetaria restrictiva funcionarían como anclas para evitar un nuevo salto inflacionario. En ese marco, proyectan que la inflación podría promediar 2,2% en el primer semestre y desacelerarse hacia el 1,5% mensual en la segunda mitad del año, con un cierre cercano al 25% anual.

Para febrero, las mediciones privadas muestran señales mixtas. Los relevamientos de alta frecuencia ubican la inflación del mes en torno al 2,1%–2,5%, con alimentos todavía bajo presión, especialmente carnes y verduras. El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central anticipa una suba del 2,1% para este mes y una desaceleración gradual en los siguientes. El consenso del mercado apunta a una baja lenta pero sostenida, aunque lejos todavía de los niveles cercanos al 1% mensual que proyecta el Ejecutivo para mediados de año.