La discusión sobre el uso de celulares en las escuelas dejó de ser una preocupación aislada para convertirse en política pública.
En distintos estados de Estados Unidos avanzan normativas que limitan o prohíben los teléfonos durante la jornada escolar. En California, por ejemplo, se aprobó la “Phone-Free School Act” (AB 3216), que obliga a las escuelas públicas a implementar restricciones antes de 2026, mientras que iniciativas similares se debaten en New York y New Jersey. El objetivo no es ideológico, sino pedagógico y sanitario: mejorar la atención, el aprendizaje y proteger la salud mental frente a la hiperestimulación digital.

En Argentina, los datos reflejan un escenario de acceso temprano y uso intensivo. Según UNICEF (Kids Online Argentina), el 95% de chicos de 9 a 17 años tiene celular con internet y la edad promedio del primer dispositivo es 9,6 años. Más del 80% accede antes de los 10 y casi nueve de cada diez lo usan todos los días. En adolescentes, una porción significativa supera las cinco horas diarias frente a pantallas, y en la primera infancia la exposición comienza antes de los dos años. Especialistas advierten que este entorno de estimulación constante impacta en cerebros en desarrollo, con sistemas de autorregulación aún inmaduros.
La evidencia en psicología cognitiva y neurociencia señala que incluso la sola presencia del celular puede afectar la concentración. Experiencias en escuelas que aplicaron restricciones reportan mejor clima escolar, mayor interacción cara a cara y menos interrupciones. El psicólogo social Jonathan Haidt, autor de “La generación ansiosa”, sostiene que retirar los teléfonos de las aulas podría ser una de las medidas preventivas más simples y efectivas disponibles hoy. Más allá de las leyes, el debate se traslada también a los hogares, donde especialistas recomiendan establecer límites claros, ordenar el uso de pantallas y educar con el ejemplo para proteger el desarrollo infantil.

