El defensor uruguayo atravesó varios obstáculos para llegar a la elite.

El fútbol sudamericano se encuentra de luto por la muerte de Juan Izquierdo. El defensor uruguayo, de 27 años, se desplomó por un caro pardíaco en el duelo entre Sao Paulo y Nacional, por la Copa Libertadores, y falleció después de cinco días internado en Brasil.

La muerte de Izquierdo no sólo conmovió por lo que significa que un futbolista en actividad pierda la vida, ni por el hecho de que tuviera dos hijos pequeños (uno nacido hace pocos días), sino también por su historia de superación, y los obstáculos que debió esquivar para llegar a ser profesional.

Desde pequeño, mostró una gran pasión por el fútbol, jugando partidos tanto en la calle con amigos como en el club San Francisco de Asís, en la modalidad baby. “Mi infancia fue jugando a la pelota todo el día, sin celular; no teníamos la posibilidad de tener esos lujos. Nunca me faltó nada. Mi padre siempre tuvo trabajo y mi madre se encargó de criarnos. Nunca anduve con zapatos rotos, pero tampoco tenía lujos”, había contado en una entrevista tiempo atrás.

A los 16 años, se integró a las categorías juveniles de Liverpool, donde coincidió con jugadores como Nicolás de la Cruz y el actual delantero de Newells, Juan Ignacio Ramírez. Sin minutos en su equipo, Izquierdo se tomó una pausa del fútbol, y trabajó como albañil, junto a su padre. “Era más que nada para hacerle compañía y hablar de la vida. Esos pequeños gestos me dejaron una enseñanza que le quiero inculcar a mis hijas”, contaba ante los medios.

Sin embargo, volvió al fútbol, y debutó en Primera en 2018, en Cerro. Luego pasó por Peñarol, Montevideo Wanderers, Atlético San Luis de México, Liverpool y Nacional de Montevideo, club en el que se desempeñaba, y donde ya había tenido un paso en 2022, marcado por una dura lesión que lo sacó varios meses de las canchas. Y donde, lamentablemente, encontró su final trágico, de la forma más impensada: dentro de una cancha de fútbol.