El frío helado que estremece a intendentes y diversos dirigentes con cargos públicos es propio de las bajas temperaturas que azotan por estos días al Tucumán del calor extremo. Es inesperado, porque aquí, lo habitual en el cuerpo es el calor. Por ende, cuando llega el invierno, los músculos se estremecen.

Esa sensación perciben por estos días muchos de quienes han gozado por décadas de la calidez del poder, esa que los protege y les otorga una sensación de bienestar: es como estar en la playa, con un daikiri, y de pronto un tsunami te arruina la fiesta.

El escándalo en Alberdi provocó eso en la dirigencia política, que comparte un statu quo tan potente que se volvió normal. Porque, en los papeles, las reglas son eso: convenciones sociales que nos dicen qué está bien y qué está mal. Y aquí, en Tucumán, la normalidad pasa por el enriquecimiento y los privilegios de quienes manejan los hilos del poder desde hace cuatro décadas, con nombres que se suman y otros que se desvanecen, pero que son parte de un equipo ganador que no se toca. Una realidad que, si bien se observa en la provincia, no es ajena a la percepción nacional: el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional (a través de Poder Ciudadano en Argentina) suele ubicar al país en un rango de alta percepción de la corrupción, lo que resuena con el sentir local.

Las generalidades son odiosas y, probablemente, no estén todos en la misma bolsa. Sin embargo, el sistema de la democracia enriquecedora de la clase política sí le cabe a una mayoría importante. Este esquema, aunque a veces difícil de probar en lo particular, es constantemente señalado por organismos de control. Los informes del Tribunal de Cuentas de la Provincia, por ejemplo, suelen revelar observaciones recurrentes sobre la falta de controles y la opacidad en la rendición de cuentas de diversos organismos, reflejando ese “desorden administrativo” que se expuso en Alberdi. Porque, quitando el enorme halo de sospechas sobre los vínculos narcos con la política, la metodología de juntar “empresarios” con “política” es tan real y propia de Tucumán como los naranjos que desparraman sus frutos por estos lares.