Cada fin de año suele traer consigo una frase que se repite casi automáticamente: “cerrando el año”. Como si el calendario marcara no solo el paso del tiempo, sino también la necesidad de clausurar, ordenar, evaluar y seguir. Sin embargo, más que un cierre definitivo, este tiempo puede pensarse como un momento de apertura.

El cierre invita a detenernos, a mirar hacia atrás, a poner en la balanza lo vivido. No para juzgarnos, sino para aprender. Cada experiencia —agradable o dolorosa— deja una huella, un mensaje posible si logramos escucharlo ¿Qué nos enseñó este año? ¿Qué nos mostró de nosotros mismos, de nuestros vínculos, de nuestras decisiones?

El paso del tiempo se hace especialmente visible en esta época. Las familias cambian, se amplían, se reconfiguran. Los hijos que antes corrían por los rincones desparramando juguetes, son esos jóvenes que luego crecen, se van, arman su propio rumbo, su vida, su mundo. También aparecen las ausencias, esas que no necesitan ser nombradas para sentirse: las sillas vacías, los platos que sobran, las voces que ya no están. Son marcas del amor, y por eso duelen

Resignificar esos dolores no implica negarlos ni apurarlos, sino darles un lugar. Poder brindar aun con la falta, seguir apostando al equilibrio personal, al crecimiento y a la continuidad de la vida, es también una forma de elaboración. El duelo no es olvido; es transformación.

En este proceso, las emociones ocupan un lugar central. Escucharlas es fundamental, pero también permitirnos expresarlas. La tristeza, la nostalgia, la alegría, la gratitud o la incertidumbre no son obstáculos: son señales. Señales de por dónde va nuestro deseo, de qué nos importa, de qué necesitamos cuidar.

Escuchar el deseo implica preguntarnos qué camino queremos transitar, qué huellas queremos ir dejando, qué lugar deseamos ocupar en nuestra propia vida. Y esto no tiene edad. No hay una edad para tener proyectos, para reformularlos o para volver a pensarlos, si algo no encaja.

Pensar el futuro, armar un proyecto —aunque sea pequeño, aunque sea incierto— es una de las formas más potentes de sostener la vitalidad cotidiana. No se trata de grandes planes ni de certezas absolutas, sino de mantener abierto un horizonte posible, algo que convoque, que empuje a seguir. Allí donde la palabra encuentra lugar, donde el juego se sostiene, donde alguien escucha, el futuro no aparece como promesa lejana, sino como posibilidad en construcción. Abrir preguntas, abrir proyectos, abrir caminos que, aun sin saber exactamente hacia dónde conducen, permiten que la vida continúe en movimiento.

                                                           Lic. Estela Ines Barber . Psicologa