En el último mes, la dinámica monetaria mostró un giro relevante: de una contracción cercana a los $800.000 millones se pasó a una expansión de más de $550.000 millones entre diciembre de 2025 y marzo, aunque todavía por debajo del ritmo de la inflación acumulada.

Este cambio se da en un contexto donde el Gobierno busca sostener la actividad sin resignar su objetivo central de desinflación, mientras los bancos, ante el aumento de la mora crediticia, vuelcan su liquidez hacia el financiamiento del sector público, facilitando al Tesoro niveles de refinanciación por encima de los vencimientos.

En paralelo, las consultoras advierten que el Banco Central mantiene niveles elevados de liquidez, con pasivos remunerados superiores a los $3 billones, lo que presiona a la baja las tasas de interés de corto plazo. Estas se ubican en torno al 18-20% nominal anual, muy por debajo de los picos de comienzos de año, en parte por factores estacionales, pero también por expectativas de menor actividad económica y deterioro en la calidad del crédito. En este escenario, la estabilidad cambiaria aparece como una condición clave para sostener la estrategia oficial de tasas más bajas.

La evolución de la base monetaria responde a un delicado equilibrio entre factores de expansión —como la compra de divisas— y mecanismos de absorción, incluyendo la colocación de deuda del Tesoro y la acumulación de depósitos oficiales en el BCRA. Detrás de esta ingeniería financiera subyace una preocupación creciente por la mora bancaria y el enfriamiento económico, lo que obliga a las autoridades a calibrar con precisión la política monetaria para evitar presiones inflacionarias o cambiarias, sin agravar el deterioro del crédito.