Lic. Estela Inés Barber – Psicóloga 

Algunas experiencias institucionales trascienden su tiempo de implementación y permanecen activas en los modos de intervenir, en los vínculos profesionales y en la manera de habitar cotidianamente el trabajo en salud pública.

Hay experiencias laborales que no terminan cuando concluye una etapa institucional. Algunas permanecen en la manera de trabajar, en la forma de mirar a las comunidades y en los vínculos profesionales que, aun con el paso del tiempo, continúan sosteniendo sentidos compartidos.



Para mí, el Plan ENIA significó mucho más que formar parte de una política pública: representó una experiencia profundamente formativa, donde el trabajo territorial y comunitario adquirió una dimensión central en mi práctica profesional.

Dentro de ese recorrido formé parte de uno de sus dispositivos fundamentales: las asesorías de salud integral para adolescentes, una línea de trabajo que marcó profundamente mi práctica profesional y cuyos principios continúan hoy presentes en muchas de las intervenciones que sostengo en atención primaria.

En ese trayecto, la Dra Florencia Avellaneda ocupó un lugar significativo como coordinadora de ese dispositivo y como referente directa de trabajo en aquella etapa. Su acompañamiento, su forma de conducción y su manera de sostener el trabajo territorial dejaron una marca importante en quienes integrábamos ese equipo.

Hoy el tiempo nos encuentra en otro escenario institucional: ella continúa como referente provincial del Programa Adolescencias y yo, desde mi tarea en el primer nivel de atención, compartiendo nuevamente espacios de articulación desde un vínculo profesional que conserva la solidez construida en aquellos años.

Hay políticas públicas cuyo verdadero valor también se reconoce en aquello que permanece después: modos de intervención, formas de acompañar y decisiones institucionales que siguen orientando prácticas cotidianas.

El Plan ENIA tuvo esa capacidad. Sus lineamientos fueron sólidos y lograron sostenerse a través de distintas gestiones porque respondían a una necesidad concreta: acercar derechos, generar escucha, construir presencia territorial y fortalecer el trabajo interdisciplinario.

Muchos de quienes transitamos esa experiencia hoy seguimos presentes en distintos espacios del sistema de salud, llevando incorporada esa forma de intervenir: con cercanía, con escucha y con la convicción de que el trabajo comunitario no es un complemento, sino una dimensión esencial de la atención primaria.

En lo personal, reencontrarme hoy con Florencia Avellaneda también me permite reconocer que ciertas formas de construir en equipo dejan huellas imborrables.

Porque hay políticas públicas que no terminan cuando cambia una gestión: continúan vivas en quienes aprendieron a trabajar desde su legado.