Columna de Dr. Juan Guerrero

La escalada de tensión entre Venezuela y Estados Unidos vuelve a poner en primer plano una pregunta recurrente cada vez que estalla un conflicto internacional: ¿qué papel cumplen los organismos multilaterales como la ONU y la OEA? Para muchos, parecen estructuras burocráticas incapaces de frenar a las grandes potencias; para otros, siguen siendo piezas clave del orden internacional. La respuesta, como suele ocurrir, no es absoluta, pero sí necesaria.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) fue creada tras la Segunda Guerra Mundial con un objetivo central: evitar que los Estados resuelvan sus disputas mediante el uso unilateral de la fuerza. Su Carta fundacional consagra principios básicos como la soberanía de los Estados, la no intervención y la resolución pacífica de los conflictos. En escenarios como el actual, la ONU funciona como el foro global de legitimación y control político de las acciones estatales.
Cuando el conflicto entre Venezuela y Estados Unidos llega a la ONU, no lo hace para que se declare una guerra ni para imponer soluciones automáticas, sino para algo quizás menos visible pero crucial: establecer un marco jurídico internacional, dejar constancia de los hechos, generar presión diplomática y fijar límites normativos. Las resoluciones, comunicados y sesiones de emergencia no son meros formalismos; son registros históricos y políticos que condicionan el accionar futuro de los Estados y la percepción internacional de sus conductas.
Sin embargo, la ONU tiene límites evidentes. El Consejo de Seguridad, su órgano más poderoso, está atravesado por la lógica del poder: los miembros permanentes —entre ellos Estados Unidos— cuentan con derecho de veto. Esto implica que, aun ante hechos graves, la capacidad de sanción o intervención puede quedar bloqueada. No es una falla accidental, sino el reflejo de un sistema internacional que intenta equilibrar legalidad con realismo político.
En el plano regional, la Organización de los Estados Americanos (OEA) cumple un rol distinto pero complementario. Nacida como ámbito de cooperación hemisférica, la OEA se ha posicionado históricamente como defensora de la democracia representativa, los derechos humanos y la paz en América. En el caso venezolano, su intervención no es nueva: desde hace años emite informes, resoluciones y llamados de atención sobre la situación institucional del país.
Frente al conflicto con Estados Unidos, la OEA actúa como caja de resonancia regional, amplificando preocupaciones, promoviendo la moderación y buscando evitar que una disputa bilateral se transforme en un problema continental. Su valor radica en ofrecer una voz colectiva de la región y en generar presión política desde el entorno más cercano al conflicto.
No obstante, la OEA también enfrenta cuestionamientos: divisiones internas, diferencias ideológicas entre gobiernos y una eficacia limitada cuando los Estados no están dispuestos
a acatar sus pronunciamientos. La falta de consenso debilita su capacidad de acción, pero no anula su función institucional.
Entonces, ¿para qué sirven realmente la ONU y la OEA? Sirven para poner reglas donde reina la fuerza, para recordar que incluso las potencias están sujetas a principios, y para ofrecer canales diplomáticos cuando la confrontación directa parece imponerse. No evitan todos los conflictos, ni siempre logran resolverlos, pero sin ellas el escenario internacional sería aún más inestable, arbitrario y peligroso.
En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas crecientes, el verdadero valor de estos organismos no está solo en lo que logran frenar, sino en lo que impiden que se normalice: la idea de que el poder puede actuar sin límites ni control alguno.
Por último, que Venezuela tiene un régimen que detesta la democracia, denostando y secuestrando al que piensa distinto, no es novedad; que Estados Unidos disfraza su intervención “de orden” ocultando su interés económico por el petróleo venezonalo, tampoco lo es; la pregunta que surge es; ¿había otra forma de ponerle un freno al Sr. Nicolás Maduro Moros? No lo creo.